
María Isabel Matamala: Una imprescindible Llegó a Coquimbo en 1968 a trabajar como pediatra al hospital y a la Parte Alta. Y con el Golpe de Estado de 1973 debió huir, «porque me la tenían jurada». En Santiago fue capturada y torturada en Villa Grimaldi. Libró de la muerte y se exilió en varios países, desde donde luchó para conseguir la democracia, hasta su retorno definitivo al país en 1990 y a Coquimbo en 2018. Esta es su historia… Por René Martínez Rojas Si lo del dramaturgo alemán Bertolt Brecht es verdad. Si es cierto que hay quienes luchan toda la vida y que esos son los imprescindibles, entonces esta mujer es una de ellas.
María Isabel Matamala Vivaldi (83) es oriunda de Concepción, pero llegó a la región cuando recién iniciaba su especialidad en pediatría, al hospital de Coquimbo en 1968, e inmediatamente inició con otros médicos y jóvenes de esa época las actividades de atención primaria y salud pública en la región. «En cuatro años hicimos mucho», cuenta entre risas esta mujer de aspecto enjuto, pero con una voluntad de hierro. Por entonces trabajaba en el consultorio Santa Cecilia, que habían inaugurado con la comunidad de la Parte Alta, hasta esa mañana del 11 de septiembre de 1973, cuando todo cambió.
Y empeoró para ella y miles de personas, «ya que quienes éramos de izquierda y activas socialmente pasamos de inmediato a la clandestinidad, pues yo sabía que me la tenían jurada… ». De esos días terribles, en que burló la muerte en varias oportunidades, habló María Isabel en entrevista con Diario La Región. En una conmovedora historia relató cómo fue detenida y torturada durante la dictadura militar. Pero también como escapó por meses por lugares recónditos, con la ayuda de pobladores y vecinos.
Me agarró del pelo Como profesional de la salud, junto a otros compañeros, debía acompañar las protestas y las luchas de los pobladores por una cuestión social, «pero eso me llevó a ser muy odiada por ciertos sectores, así que sabía que llegado el momento debía pasar a la clandestinidad». Entonces inició un largo periodo de fuga por toda la región, «siempre recibiendo el tremendo cariño del pueblo y pudiendo salir con vida de este cerco que primero tendieron acá y luego lo llevaron incluso hacia el Choapa, donde me había replegado.
Es que si estamos muchas personas vivas, quienes fuimos resistentes, es justamente porque hubo un colchón de amor y colectivo de la comunidad que permitió que nuestras vidas siguieran adelante y que pudiéramos no solo agradecerles, sino también recordarles eternamente», recuerda esta bella mujer, hoy una activa participante de organizaciones sociales de la región, entre ellas Septiembre Feminista, y del Departamento de Género y Derechos Humanos del Colegio Médico. Gracias a la solidaridad de la gente urbana de los pueblos de esa provincia y de las zonas rurales, de los criadores de cabras, pudo burlar la represión.
Y logró salir airosa de la región en 1974, aunque cayó detenida meses después en Santiago, «después de mucho tiempo arrancando y luchando». En Santiago, en una mañana gris y nubosa, fue detenida por uno de los equipos feroces de la DINA (Dirección Nacional de Inteligencia), con Miguel Krassnoff y Osvaldo «Guatón» Romo quienes siempre dieron señales de que la maldad convivió con ellos desde que eran pequeñosa la cabeza, «quien me agarró del pelo, así (recrea)… ». Fue llevada a una de las peores casas de torturas, la Villa Grimaldi, «donde fui torturada durante 15 días, y bueno, no hay para que describir lo que pasó ahí, ya se sabe… ». Fueron días de vejaciones y amenazas de muerte.
Esposada, sentada en el suelo, casi siempre con los ojos vendados. «Después nos llevaron a Cuatro Álamos, donde usted iba sanando de las heridas para ser presentable, porque hasta ese entonces solo éramos desaparecidos, puesto que no figurábamos en ninguna de las listas de personas detenidas.
Recién se nos reconocía como detenidos por los organismos de la represión cuando pasábamos de Cuatro Álamos hasta Tres Álamos, que era el campo de concentración». Pensé morir De mirada dulce, cuenta que corrió mejor suerte que otras mujeres que iban llegando a esos cuarteles de exterminio, aunque precisamente en esos calabozos «hicimos nuestros primeros actos de resistencia, precisamente un 8 de marzo, y comenzamos nuevamente a construir comunidad y una solidaridad tremenda que continúa hasta hoy. ¿Pensé morir? Por cierto.
Uno sabe que va a morir, pero siempre digo que las personas que trabajamos en salud tenemos la ventaja comparativa, si así puede decirse, que es comprender mucho mejor qué está pasando conmigo cuando me están torturando». Agrega que como han trabajado desde que estudian María Isabel Matamala: Una imprescindible. con los cuerpos desnudos, «no existe esa tremenda aprensión con la indefensión que te otorga el desnudo, porque eso se usa en términos de la tortura institucional, toda vez que el desnudo deja a la persona en una situación de vulnerabilidad y la desestructura.
Pero, claro, sentía la humillación de las burlas… ». En todo momento dice haber estado «en una celda muy chiquita, donde no te podías acostar, solo dormir sentada, que era otra forma de tortura». Fueron bautizadas como `Casas Chile’ y `Casas Corvi’, en directa alusión a la dimensión de las viviendas sociales de los programas habitacionales de la época. Por entonces llegaban y salían personas, como la enfermera Carmen Díaz, que estuvo cuatro días detenida y con quien María Isabel forjó una linda amistad. Posteriormente fue llevada a Puerto Montt. «’¡ Qué bueno! ‘ Dijimos, pues Carmen quería irse al sur porque había trabajado allá, pero no sabíamos aún el significado que tenía esa clave horrible. Fue un golpe grande, y hasta el día de hoy trato, en todas las manifestaciones, de llevar su figura como detenida desaparecida.
Para mí fue duro, porque era una enfermera muy joven, y yo era más viejita, y me salvé yo.. .». Hasta fines de 1976 estuvo encarcela en Pirque, en una de las peores épocas, «porque estábamos con una policía militarizada, que además gozaba haciendo una representación nazi, ya que se denominaban -los jefes entre elloscon nombres de jerarcas nazis, y hacían razia con perros, mientras las mujeres se desmayaban.
Era una cosa tremenda». Por suerte algunas tenían las visas que les habían entregado los países europeos para que pudieran salir, y así se embarcaron de inmediato al exilio, a Suecia, «país donde no estuve tanto tiempo, porque yo quería volver a América Latina.
Después estuve un tiempo en París esperando que me llegara la visa para ir a México, y ahí pasé un buen tiempo, porque estaban casi todos los exiliados latinos y podíamos hacer de forma más cercana la solidaridad con Chile y seguir luchando, que era nuestra objetivo». Creímos en la revolución De ciudad de México se fue a otros países que reclamaban el concurso de sus modestos esfuerzos, como Costa Rica y luego a Nicaragua como internacionalista, «cuando creíamos en esa revolución, en los Sandinistas, que hoy es tan terrible, pues tanta gente que dio su vida, chilenos incluso, y vemos que se ha convertido en una dictadura, lo que nos dice que algo se hizo mal; y ese algo es el poder que lleva a la corrupción.
Pero creíamos en la revolución y fue importante estar ahí». Tras su paso por las tierras de Sandino, regresó a Chile de manera clandestina a inicios de los años ochenta, pero una serie de asesinatos de compañeros la obligaron a replegarse y salir del país nuevamente. Partió a Argentina y luego a Uruguay, que entonces daba mejores condiciones de visado, donde estuvo hasta que retornó de manera definitiva a Chile, a finales de 1988.
El primer año viajaba seguido a Uruguay, porque trabajaba en la Asociación Latinoamericana para los Derechos Humanos, «pero ya en 1990 me instalé en Santiago, aunque años antes, cuando me fui arrancando de esta región, también estuve clandestina en una población, en La Victoria, ¿la ubica?». Fue en 1974 cuando el destino la llevó a la primera toma de terreno en América Latina, la mítica población La Victoria, «donde estuve algún tiempo escondida en una casa de calle Galo González, a unas cuadras de la parroquia Nuestra Señora de La Victoria.
A esa población después llegaron los curas franceses André Jarlán y Pierre Dubois, y había otro padre, Renato, que nos ayudó muchísimo». Su espíritu inquieto la siguió llevando por otros destinos, siempre con una misión clara, pues incluso trabajó en el primer gobierno de Michelle Bachelet como encargada ministerial de género en el gabinete, y desde 2010 hasta hoy, como coordinadora académica de los diplomados internacionales de Género, DDHH y Políticas Públicas en la Fundación Henry Dunant América Latina, que imparte diplomados regionales en DDHH.
En 2018 tuvo que tomar una decisión, ya que el clima capitalino le estaba haciendo mal para su «Es una herida que está permanentemente abierta, y mientras no se repare, no exista verdad sobre eso, esta suerte de posibilidad de que haya una verdadera reconciliación, no existe», dice María Isabel sobre la conmemoración de los 50 años del Golpe de Estado. salud. O regresaba a Concepción o a Coquimbo, su segundo hogar.
Optó por este último, «porque tenía que partir a algún lugar fuera de Santiago». Durante la dictadura luchó por sus ideales y por un sueño, lo mismo que sintió en octubre de 2019 con el estallido social. «Lo viví con mucha esperanza, pensando en que iba a tener una salida a través de lo que era una nueva Constitución.
El estallido tuvo su momento y después necesariamente tenía que venir una nueva Carta Magna, pero eso no resultó y tendremos que esperar muchos años más». Confiesa que el triunfo del rechazo le dio tristeza, «porque después de nuestra vida, en que creíamos que no íbamos a vivir, logramos sobrevivir y luego vimos que quizás íbamos a ver un nuevo Chile, en que las luchas del pueblo iban a ser las que lograran este nuevo comienzo. Así que fue grande la decepción y sé que no voy a vivir para verlo, pero las futuras generaciones lo verán.
Tengo esperanza en ello». No formó familia, quizás como una preocupación menos en medio de tanto tormento con la sangrienta dictadura militar, «porque desde que empecé a luchar en el espacio feminista me di cuenta que tenía que seguir batallando toda la vida… Tuve la opción, pero no fue un gran esfuerzo tomar la decisión de luchar hasta el final de mis días». María Isabel Matamala: Una imprescindible.
FUENTE: LITORALPRESS »