
Hernán Palma Salazar tenía 29 años al momento del golpe. Hoy con 81 años de edad nos cuenta su historia.
Se inició mi búsqueda para ser detenido en La Serena, por efectivos del Ejército. Creo que eso ocurrió, por la semana del 20 de septiembre de 1973, puesto que es cuando irrumpieron en el departamento que compartía conmigo un matrimonio de profesionales, ubicado en calle Benavente en un cuarto piso al frente de Población Antártica.
Teniendo él, el mismo apellido mío, le preguntaron por su hermano y él les respondió que estaba en Santiago, lo cual era cierto pero ése no era yo, si no un hermano suyo que vivía en la capital. De cualquier manera, igualmente allanaron el lugar.
A la mañana siguiente, ya de vuelta, mis amigos me informaron que me andaban buscando. No obstante, intenté seguir la vida de manera normal. Concurrí para eso a mi trabajo en MANESA (Manufacturera de Neumáticos) Barrio Industrial Altos de Peñuelas, Coquimbo, un lugar al que concurrían diariamente y a distintas horas de la jornada detectives, carabineros y efectivos militares indistintamente, a llevarse detenidos a per- sonal de la fábrica, los que eran llamados por medio de altoparlantes. Ello implicaba un ambiente tenso, de temor e incertidumbre.
El día 15 de octubre de 1973, no recuerdo la hora precisa, me parece que fue cerca de las 3 de la madrugada, golpean fuertemente la puerta de mi casa, al abrir me encuentro con militares. Uno de ellos, me pone en el pecho un fusil ametralladora extiende una lista con nombres, y me dice que debo acompañarlos, luego de lavarme y ponerme ropa de calle con la puerta del baño y dormitorio obligadamente abierta, procedo a bajar siempre apuntado por ellos. En la calle estaba estacionado un jeep que tenía montada una ame- tralladora, al cual subo y debo instalarme en la parte de atrás.
Al llegar al Regimiento, me hacen sacar la ropa quedando en slip en un recinto su- pongo destinado para ello, luego me ordenan vestirme quedándose ellos con mi carnet de identidad y me hacen permanecer en el patio conjuntamente con gente que habían detenido por toque de queda.
A una persona que estaba por toque de queda le doy en un papel el teléfono de un familiar que vivía en La Serena, el cual con posterioridad supe que había hecho ese llamado a mi familiar que le había pedido como favor. A una hora que tampoco recuerdo dejan salir a los que estaban por toque de queda y nos dejan a los detenidos por razones políticas.
Nos hacen pasar a una sala ubicada al frente de la Sala de Guardia, la que está al mando de un sargento de apellido Salazar, apellido que jamás se me olvidó por coincidir mi apellido materno.
Al estar allí llega detenida una compañera de nombre Elena Fredes. Me preocupó su situación porque hasta este momento no sabía que estaba por ocurrir, pero algo se rumoreaba.
Después de un rato, nos hacen pasar a una sala contigua en que hay varios camarotes y en uno de ellos está recostado Marcos Uribe, en un momento él me pide que le ayude a levantarse, para ello, me indica que le ayude a tlectar las rodillas para así poder levantarse, lo que le significó mucho esfuerzo y dolor.
Para no pensar en el lugar que me encontraba, por las ventanas observaba el mar y me veía acostado en la arena, hasta que de pronto me llaman y un compañero de apellido Castillo me dice que si me ponen capucha me van a llevar a interrogatorio, lo que así aconteció.
Nos llevan por el patio en fila india y con la mano derecha sobre el hombro del que lo antecede, me doy cuenta de que somos varios pero no sé cuántos, además uno va temeroso de tropezarse porque no se ve nada, nos han dicho que vamos siendo vigilados y que ante cualquier situación nos ametrallarán.
De pronto, llegamos al lugar del interrogatorio, se sienten gritos y lamentos, hasta que transcurrido un tiempo soy llamado, me toca a mí ser interrogado, cuando entregué el carnet de identidad, también tuve que hacerlo con mis lentes ópticos, por lo tanto, quedé con pantalón, camisa y vestón, recuerdo que tenía la camisa con el primer botón abrochado, lo que me produjo mucha molestia cuando me hicieron colocar mis brazos por detrás de mi espalda, amarrándome de las muñecas y suspendiéndome en el aire con la punta de uno de los pies lograba fijarme y estabilizarme por un pequeño instante en el suelo.
Empieza el interrogatorio y uno se convierte en puchimbol humano al recibir un golpe sale despedido hacia el otro lado, donde otro efectivo lo vuelve a golpear, me golpean en la boca del estómago innumerables veces y cuando iba a recuperar el aire, insisten en golpear allí mismo quedando jadeante y sin aire, además los golpes de uno de ellos lo sentía con mucha potencia, parecía que se había colocado algo en las manos. También me pegaban patadas y al subir las piernas para protegerme los genitales, con los tacos dirigidos hacia abajo me rasmillaban las piernas, pues de otro modo, es imposible que hubieran quedado como sí así hubiera sido. De pronto me alzaban en el aire ello ocurrió varias veces y me soltaban, el dolor era inmenso, quedé con aberturas de carne.
Durante todo ese tiempo me hicieron una infinidad de preguntas, entre las que recuerdo me preguntaron si conocía a Mario Ramírez Sepúlveda y a Jorge Peña Hen. A ambos los conocía pues militábamos en el mismo Partido, pero por haber sido dirigente «de la Federación de Estudiantes de la U. de Chile sede La Serena los conocí como académicos de la Universidad, el primero además Mario era Administrador de MANESA y Jorge era el creador de la Primera Orquesta Sinfónica Infantil-Juvenil no sólo de Chile sino de Latinoamérica.
En algún instante, creí que había quedado sólo, me dio la impresión que habían ido a almorzar pues sentí la sirena de las 12 hrs, sentí que hacían correr el agua y allí alguien que había quedado me preguntó si tenía sed, dije que sí y le echó agua a una botella y la introdujo en mi boca, el botón del cuello de la camisa me impedía tomar la que necesitaba, eran pequeños sorbos, le dije que bastaba y me la introdujo fuertemente y me dijo que a él le había dado sed y me la tuve que tomar completa.
De vuelta a la tortura me decían que si no colaboraba me iban a matar. Yo lo único que deseaba era que me pegaran un balazo para dejar de sufrir, así que con ello, no me asustaban, a ellos los sentía cobardes y traidores, nunca grité, ni les pedí piedad, estaba entregado a lo que me ocurriera, dijeron que yo estaba preparado para resistir, lo que no era así.
Después de no sé cuánto tiempo me desatan y me llevan hacia afuera y nos hacen sentar en lo que mirando hacia abajo por la venda me da la impresión que es el borde de una piscina, estando allí, pasa un milico, yo estaba tiritando y me pregunta si tengo frío, le digo que no y me pega una tremenda cachetada y al regresar nuevamente me pega otra vez.
Posteriormente, pasa otro milico y le pregunta a un prisionero que estaba cercano a mí, oye Guatón Chirinos qué estái haciendo acá y él le contesta que lo acusaron de estar sacando bultos del Partido Socialista ¿y eso es así?, él le contesta que no, pero dijo que sí porque no soportó el castigo.
Luego a un milico se le ocurrió para humillarnos hacer que cantara un prisionero y dos tenían que bailar mejilla a mejilla, a mí me tocó con el guatón mencionado, quien hacía de mujer y yo tenía que juntar mi mejilla, como no acepté, nos cambiaron los papeles.
Alrededor de las 17 horas un militar que dijo ser del Servicio de Inteligencia Militar y de grado capitán con una cicatriz en el rostro, me dijo que quedaba con reclusión domiciliaria y que quedaba como aval mi tío que era Ingeniero y administraba Mina Hermosa de Andacollo. Al mismo tiempo me entrega una lista en que con una frecuencia de dos y tres días tenía que presentarme al regimiento para cumplir con mi permanencia y control en la ciudad.
Luego me devuelven mi cédula y mis lentes y puedo retirarme, haciendo hincapié en que debo sacarme foto de frente y de perfil izquierdo y derecho, para entregar el día 18.
Al bajar desde el regimiento me encuentro con el Abogado Gustavo Rojas defensor de algunos prisioneros.
Sentía en cada paso que daba muchos dolores abdominales llegando hasta la calle Lautaro en donde residía una ex polola la que al abrirme me pregunta «¿qué te pasó?». Le cuento y me quiebro.
Para poder acostarme mi primo me ayudaba a ponerme el pijama y me abrochaba el chaleco de éste, y luego por el dolor que me causaba acostarme, le pedía que me empujara hacia atrás.
Mi tía quería que me viera un médico, pero yo no acepté porque qué le iba a decir cuando en el regimiento el sargento Salazar nos amenazaba con no decir nada de lo que nos había ocurrido.
Al día siguiente 16 de octubre mi tía me preparó un baño de tina con sales aromáticas porque me decía que con ello algo se iban a reducir los dolores, hecho aquello me fui a MANESA a trabajar, lugar en que estuve hasta después de mediodía, hora en que me llamaron al Depto. de Personal para informarme que estaba suspendido, por lo tanto, dejaba de trabajar allí, no recuerdo la fecha porque posteriormente me llevaron el finiquito.
Llegando a la casa me acosté con ayuda de mi primo, recuerdo que tenía puesta la radio y de pronto dan un extra en que informan del fusilamiento de 15 personas en el Regimiento Arica y dan los nombres de los quince compañeros, entre los cuáles estaban tres que eran compañeros de trabajo: Marcos Barrantes A., Jorge Osorio Z. y Mario Ramírez y otro con el que militaba en el Partido Socialista de La Serena, Jorge Peña Hen. Esta situación me produjo un shock nervioso involuntario saltando por un buen rato en la cama, lo que se repitió cuando dieron nuevamente la noticia.
El día 18 fui nuevamente detenido, esta vez por Investigaciones y llevado a su prefectura ubicada a un costado de la Plaza de Armas de La Serena, donde me encontré con un compañero, amigo y camarada Hugo Toledo, después de ser interrogados nos trasladaron al Regimiento y nos dejaron en la misma sala que estaba al mando del sargento Salazar, allí llegó un tipo que para el día 11 de septiembre de 1973 había firmado una declaración como Presidente Provincial de Patria y Libertad. Era alguien que yo había conocido en INDAP como militante del MAPU, me saludó y me pidió un cigarro. Él se llamaba Ludwig Bode en ese momento creí que me fusilarían. Pero no lo hicieron, tal vez esperaban conseguir que en algún momento delatara a mis compañeros que aún permanecían libres. Estando en esta sala y por la apertura de la puerta divisé a otro compañero de trabajo y de partido, Luis Ravanal.
Pasó un rato y me llamaron para ser interrogado, me vendaron y me llevó un milico de vuelta al lugar de interrogatorio allí donde volví a ser colgado del mismo modo, e iniciándose una golpiza feroz la que esta vez incluyó un fortísimo golpe en la cabeza con un objeto que percibí semejante a un palo delgado, como una varilla, ví estrellas, pero no perdí el conocimiento. Además me amenazaban diciendo que me iban a pasar el corvo por el pecho, por mi ignorancia creí que por uno de sus lados era sin filo, lo que no me asustó, quedando totalmente rasguñado y con sangre, pero la que sale de un rasguño.
Permanecí varias horas colgado, no sé cuánto tiempo, pero llegó un instante en que empecé a sentir como que me estaban tirando desde la muñecas en sentido contrario.
Yo pensaba esto no puede ser, pues las muñecas están amarradas juntas, para esto nunca tuve una explicación y jamás fui al médico a pesar que por varios meses perdí la sensibilidad de los dedos, sensibilidad que afortunadamente recuperé, la marca de las muñecas me duraron 6 meses, el terror mucho más tiempo.
El moretón que tuve en mi abdomen era uno sólo que abarcaba todo mi pecho y parte de la espalda y de las piernas, y del corvo aún tengo una indeleble huella en mi pecho.
Lo terrible fue también tener que apersonarme al regimiento para que firmaran en mi lista que había asistido, a veces me hacían esperar unos minutos y otras veces tiempos más largos que en una oportunidad llegaron a 4 horas, y nunca se sabía si nuevamente pasabas a interrogatorio, por otra parte, observabas como volvían de interrogatorio algunos compañeros como el camarada Canedo que se veía muy mal, él era trabajador de la mina El Romeral, en otra ocasión vi a Carlos Iter y a Gobinda González esperando en la sala y en otra ocasión a otro compañero, Héctor Aguirre, también de MANESA. De un culatazo en la espalda lo tiraron para adentro de la sala.
Pasó mucho tiempo de la tortura psicológica que significaba ir al regimiento, hasta que un día me citaron a las 8 de la mañana, no recuerdo si fue el 8 o 10 de diciembre de 1973, me encerraron en un calabozo y permanecí allí todo el día, al lado mío estaba otro prisionero también de la fábrica y de nombre Eduardo Gutiérrez, en la noche me llevaron a interrogatorio y quien lo hacía era el inefable «profesor destino», de apellido Pincetti.
Luego creo que el último día que debía asistir me encontré con todos mis compañeros de MANESA que los habían traído de la cárcel, uno de ellos Pablo Contreras me preguntó si había dicho algo de él y le dije que de nadie y que no se preocupara.
En una oportunidad, al salir del regimiento vi conversando al Comandante Lapostol con el teniente Cheyre quien tenía un bastón de mando, parecido a la batuta que utilizan los directores de orquesta, tal vez era con ella que varias veces me golpeó. Es todo, cuanto recuerdo.
Hernán Palma Salazar.
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FUENTE: La Serena en sombras