Nos juntábamos los días 16 de octubre en el Memorial del Cementerio General de Santiago, o si por algún motivo estuviéramos en La Serena, el punto de encuentro era el lugar del cementerio de la ciudad donde los militares del Regimiento habían escondido los cuerpos de los compañeros que la caravana de la muerte había asesinado en nuestra ciudad. Ésa donde habíamos nacido o en algún tiempo de nuestra vida habíamos ido a estudiar o a trabajar.
No necesitábamos de llamadas telefónicas ni tampoco de ninguna clase de convocatorias. Simplemente íbamos hasta allá cerca del mediodía a recordar a nuestros compañeros de la universidad o de los liceos, o de fábricas como MANESA, o de reparticiones del Estado, y compartíamos unos tragos de “serena libre”, jugo de papaya con un salpicado de pisco que era el trago emblemático por aquellos años en nuestra provincia.
¿Cuándo empezamos con esta rutina de recuerdos?, no hay una respuesta muy precisa que podamos dar, aunque sí aseguramos que la sombra de la dictadura estaba aún presente con su atmósfera de terror que hacía que las personas sospecharan de las otras y no se atrevieran a hablar libremente a riesgo de ser delatados y con eso estaba la posibilidad de perder sus trabajos, por ejemplo, y con ello la tranquilidad de sus familias, agregando que ser delatados podría haber traído otras consecuencias aún peores. Pero nosotros no sentíamos ese temor. Ya habíamos pasado por situaciones bastante más graves. Así entonces, podíamos recordar anécdotas de la querida compañera Sonia1 tan cruelmente asesinada, de Horacio2, el que comandó la toma del Liceo de Hombres y no lo soltó sino sólo ante la promesa por escrito de que sería reconstruido, como de verdad sucedió.
Recordábamos también a Perico3, químico laborista, tremendo militante, y a Coco Ovallino 4 de la UTE, a quien asesinarían en Santiago, así como de tantos otros que iremos mencionando más adelante.
Y ocurrió que uno de nosotros, entre aquellas tertulias tan nostálgicas en el Memorial de Santiago, formuló al grupo una pregunta que conllevaba una idea que a todos hizo sentido:
¿Por qué, además de estas tertulias que son bellas y necesarias, no buscamos maneras de hacer en la propia Serena gestos más concretos y perennes para preservar el recuerdo de nuestros compañeros, y luchar contra el olvido de todo lo que sucedido en nuestra provincia?

1.- Sonia Valencia Huerta 2.- Horacio Carabantes Olivares 3.- Federico Álvarez Santibáñez 4.- Claudio Contreras Hernández
La idea fue aceptada de inmediato. La primera acción que haríamos sería apoyar al compañero Guillermo Crovari Belmar, quien buscaba ayuda y financiamiento para imprimir un ejercicio de memoria colectivo llevado a un libro en que se contaba la historia del profesor de la Universidad de Chile Sede La Serena, el compañero Mario Ramírez Sepúlveda asesinado el 16 de octubre de 1973 por la caravana de la muerte. Mario era un maestro querido y respetado. Y lo hicimos. Le brindamos todo el apoyo que fue necesario, y el libro apareció bajo el nombre de MARIO RAMÍREZ SEPÚLVEDA, UN EDUCADOR TRANSFORMADOR.
Tal vez un poco antes en el grupo, a raíz de esta publicación, se había podido advertir que no sólo Guillermo era un escritor y un investigador, sino que había también otros que como él habían incursionado en la literatura y el ensayo histórico con temas involucrados a la memoria, como Claudio Cáceres Marchesi, quien había escrito el libro PRAEMEDITATIO MALORUM, premiado en México, y Martín Faunes, con una larga travesía y algunos libros publicados sobre el tema con publicaciones en Italia, Venezuela y Rusia, lo que anticipaba que el grupo bien podría en el futuro realizar publicaciones.
El segundo fue, acudir a nuestra ciudad a instalar placas recordatorias en la Universidad de La Serena, y el Liceo de Hombres, el que hoy se llama “Liceo Gregorio Cordovez”, aunque en rigor, de manera merecida, podría llamarse “Liceo Horacio Carabantes Olivares”.
Y fuimos. Viajamos desde Santiago la compañera Alexandra Carmona, y los compañeros Arturo Allende, Claudio Cáceres y Martín Faunes, entre otros.
Éramos un grupo de los nuestros que gracias a la colaboración del hermano de Horacio Carabantes, Edgardo, quien, siendo profesor de la Universidad de La Serena, había formado y manejaba en ella el llamado “Centro de Estudios en Derechos Humanos”, cuyo logo hoy figura junto al nuestro en la placa puesta en la fachada del Sitio de Memoria Casa de Piedra.
Nuestro grupo aún informal, de también manera informal, hizo con él y su Centro una alianza que, en el futuro, ya como Corporación hecha y derecha, nos permitiría realizar dos seminarios, uno de ellos de carácter internacional, destacando como tal vez la ponencia más relevante realizada en ellos fue la expuesta por las profesoras Karla Ramos Reyes y Patricia Rojas Vargas, del colegio Germán Riesco de La Serena.
Una presentación notable, realizada sobre un trabajo de investigación hecho por alumnas de enseñanza básica que, conducidas por las docentes mencionadas, fue realizada de una manera bastante lúdica mostrando cuán fácil resulta esconder la memoria y, por ende, la historia, cuán difícil es recobrar la memoria perdida para reconstruir esa historia, pero sin embargo cuán fácil resulta recobrar la memoria y reconstruir la historia si existe la genuina voluntad de hacerlo. El trabajo de estas profesoras inspiraría mucho más adelante el libro publicado por nuestra Corporación LA SERENA EN SOMBRAS, Ejercicio de Reflexión y Memoria.
Al finalizar la ceremonia, se procedió a descubrir una placa recordatoria de cobre con los nombres de los jóvenes liceanos víctimas de la dictadura en uno de los pasillos del liceo y, el Alcalde junto a Liliana, la compañera de Horacio Carabantes, procedieron a descubrir otra placa de cobre en la biblioteca en homenaje a Horacio.
La Serena 16 de Octubre.