María Cecilia Marchant Rubilar

Cecilia en el Buen Pastor. Quinta persona de izquierda a derecha, en la fila posterior.

Conocí a Cecilia en los pasillos de la Universidad de Chile, sede La Serena, allá por los años convulsos de comienzos de los setenta. Era de esas estudiantes que quizás pasaba inadvertida: tenía una mirada tímida, de voz suave, pero de unas convicciones que se respiraban en cada conversación. Venía de Santiago, del Liceo Gabriela Mistral, con una formación que la había marcado profundamente: pensamiento crítico, compromiso social y la certeza de que la educación era un camino hacia la dignidad. Recordaba siempre lo que su padre le había dicho con claridad: “independencia económica”. Y ella lo tomó como bandera, pero fue más allá: independencia de pensamiento, independencia de espíritu.

En La Serena, Cecilia se sumó sin titubeos a las inquietudes de su generación. El Movimiento de Izquierda Revolucionaria fue su espacio de acción, y en una estructura de Agitación y Propaganda encontró la manera de transformar ideas en gestos y acciones concretas. No era solo política: era también juventud, playa, caminatas, pololeos, era la vida que se abría para una Cecilia llena de sueños y proyectos. Pero el 11 de septiembre de 1973 cambió todo. La esperanza que había llegado con Allende se quebró de golpe, y lo que siguió fue miedo, persecución, tortura y cárcel.

Cecilia fue detenida en octubre de ese año. Pasó por el Regimiento Arica y por la cárcel del Buen Pastor, lugares que se convirtieron en símbolos del horror en la región de Coquimbo. Allí conoció el aislamiento, la tortura, el dolor físico y psicológico que marcaron a toda una generación. Luego vino el arresto domiciliario, primero en La Serena y después en Santiago, con la constante vigilancia de carabineros y agentes del Estado. A pesar de todo, siguió adelante. Sus padres, con una pequeña librería en el centro de Santiago, fueron sostén y refugio, pero la herida emocional quedó abierta. Y sin embargo, Cecilia continuó: formó familia, tuvo una hija, y más tarde dos nietos que llenaron de alegría su vida.

Lo que siempre me impresionó de ella fue que, pese a la represión, nunca perdió la esencia. Siguió creyendo en la justicia, en la memoria, en la dignidad. Se vinculó a organizaciones de derechos humanos, participó en la Corporación Cultural La Serena Dieciséis de Octubre y en la Red de Sitios de Memoria, luchando para que los lugares de detención y tortura fueran reconocidos. También se sumó al taller “119 Memorando en Arpilleras”, porque entendía que la memoria se construye con palabras, pero también con manos, con hilos, con gestos colectivos.

Y hay un aspecto que la define con fuerza: su rol como testigo en el caso contra Juan Emilio Cheyre, ex comandante en jefe del Ejército. Cecilia fue una de las voces que se alzó para recordar lo que ocurrió en La Serena, para dar testimonio de las violaciones a los derechos humanos cometidas allí. Su palabra fue clave en un proceso que buscaba justicia, y que enfrentaba a uno de los hombres más poderosos de la institución militar. No fue fácil, pero ella lo hizo con la misma firmeza con que había enfrentado la represión en su juventud. Su testimonio no solo fue un acto de memoria personal, sino un gesto de reparación colectiva.

A sus 73 años, Cecilia siguió siendo esa mujer que conocimos en la universidad: íntegra, comprometida, con una mirada tímida, pero que no se rinde. Su vida es testimonio de una generación que soñó con un país más justo, que sufrió la violencia de la dictadura, pero que nunca renunció a la esperanza. Hablar de ella es hablar de resistencia, de memoria y de futuro. Porque en cada palabra, en cada gesto, Cecilia nos recuerda que la historia no se borra, que la dignidad no se negocia, y que la justicia, aunque tarde, siempre debe llegar.

Hace apenas unos días, el cáncer terminó con su vida. Cecilia nos dejó, y la noticia nos golpea con fuerza. Nos duele profundamente a quienes la conocimos, compartimos con ella y aprendimos de su ejemplo. Su ausencia abre un vacío enorme, pero también nos deja la certeza de que su voz, su coraje y su memoria seguirán acompañándonos. Porque Cecilia no se ha ido del todo: permanece en la historia que ayudó a escribir, en la lucha que sostuvo, y en el recuerdo vivo de quienes la quisimos y la admiramos.

Patricio Polanco – enero 2026