Historia de una foto manchada

PARA HORACIO CARABANTES OLIVARES

Recibí una foto enviada desde el pasado, algo que podría parecer mágico o esotérico, pero nada de eso tuvo. De hecho, recuerdo perfectamente la ocasión en que fue tomada, no me olvidaré incluso de la cámara que se ocupó, porque era una Kodak que causaba envidia. Es que por esos años ser dueño de algo como eso era un lujo que muy pocos podían darse, a pesar de lo simple que ahora veo que era: una especie de cubo de cuatro por cuatro con su mirilla y su manilla para tomar la foto. Nada más. No obstante, sacaba buenas fotos, prueba de ello es que, exceptuando una parte de la imagen que luce manchada y un rasgo amarillento que se nota por los bordes producto de lo antiguo, la calidad del resto es óptima, pese a los al menos cincuenta cuatro años debe tener de obtenida. En la foto aparecemos algunos de los estábamos empeñados en formar un grupo rockero, un hermoso proyecto de los jóvenes inquietos que éramos.

Digo “algunos” porque somos sólo dos de los cuatro “Towners”, como se iba a llamar nuestro cuarteto. Nos vemos sobre el pedestal donde orgulloso y erguido estuvo en su estatua el conquistador Francisco de Aguirre fundador de La Serena, hasta cuando fue derribado durante el estallido social de dos mil diecinueve.

Y si aparecemos sólo dos más una mancha, es porque el cuarto, nuestro baterista, que era el dueño de la cámara, es quien tomó esa foto y obviamente no pudo aparecer en ella. Hablo de una foto que esperábamos usarla en la carátula del primer long play que grabaríamos, donde irían solo temas que nosotros mismos habríamos compuesto y esperábamos que llegara a tener un éxito tremendo.

Es que nosotros, además de nuestra calidad, no íbamos a ser como los grupos con que competiríamos en La Serena y Coquimbo como los Jet Black, los Startime, los Lazer o los Quarrels, integrados todos por amigos algo mayores que nosotros. Es que ellos eran buenos, eso no se discutía, pero eran también demasiado acartonados, imaginen, se presentaban en los escenarios de terno y corbata, y mientras tocaban hacían pasos en esquemas como los que hacen las muchachas. Un verdadero asco, no se les movía siquiera un pelo de sus melenas engominadas, aunque hoy después de tanto tiempo, reconozco que creo que tal vez no era tan así. Mas, para entonces eso nos parecía, por eso nosotros nos presentaríamos de bluyines y camisas de colores como los Rolling Stones, pero incluso a ellos esperábamos superarlos a pesar de que eran nuestros ídolos. Es que, de hecho, superaríamos también a los propios Beatles, a quienes independiente de lo bueno que eran nos parecían también acartonados por lo menos en su comienzo. Nosotros así desordenados íbamos a volver locas a las liceanas y a las de la Escuela Normal, incluyendo a las de los Sagrados Corazones.

No tengo para qué decir que nada de ese proyecto pudo realizarse, pero fue un sueño maravilloso y nada de él podría avergonzarnos. Es que estábamos en el momento justo para soñar así como los estudiantes de liceo que éramos, y para soñar también con otros proyectos tan improbables como el que narro. Me pregunto qué habría sido de nuestras vidas si no hubiéramos sido capaces de así soñar. Con esos sueños nos bastaba para felices y dignos de ser felices.

Pero respecto al sueño que narro, cómo no íbamos a ser capaces de lograrlo si éramos buenos y talentosos, destacando en primer lugar a Luis, “el lucho”, nuestro baterista, ése que no aparece en la foto, quien era un mago con los platillos, y podía mantener el ritmo por largos que fueran los temas que tocábamos. Cómo era de bueno el Lucho, pero sus circunstancias como las mías y también las de los otros, nos llevaron por sendas distintas y lejanas, aunque no necesariamente opuestas.

En su caso él que era el mayor del grupo por al menos cuatro años y estaba egresando de la universidad, partió con sus tambores y sus platillos a cumplir con otros tipos de sueños tal vez más aterrizados, aunque alguna vez vagando por ahí lo encontré por São Paulo, un lugar donde por ese tiempo muchos profesionales jóvenes querían irse a vivir y a trabajar. Brasil, a muchos les parecía un país generoso, que al parecer les ofrecía más oportunidades que el nuestro.

Pero de los que sí estamos en la foto, veo a mi derecha a Horacio, quien era nuestro primer guitarrista y además nuestra primera voz. Un tipo versátil, capaz de improvisar con la guitarra y cantar notas tan agudas como graves. Tremendo registro el de Horacio de apellido Carabantes. Su vida fue de muertes y maravillas, cómo le habría gustado a Horacio el haber alcanzado a conocer la poesía de Teillier. Era el menor de nosotros, la ruta de su vida fue distinta a la de Luis, distinta también a la del cuarto que aún no he mencionado, aunque bastante cercana a la mía.

Horacio, llegó a ser un verdadero soldado, mas no de ese Ejército que nos ensombreció. Él era un tipo comprometido con todo lo que hacía, y como tal, siendo muy niño, se sumó a la lucha por las causas del pueblo, y después a la resistencia, y siempre asumiendo esa lucha con el compromiso de que hablo. Hoy es posible que descanse en el fondo del océano, algo que en verdad nunca llegaremos a saber del todo, porque quienes lo atraparon nunca quisieron revelar cuál fue el destino que como los dioses que creían ser le asignaron. Tras él quedó una viuda muy joven y tres hijas. Pero de lo que sí tenemos certeza es que su espíritu y su alma hoy decoran ese cielo donde residen los leales y los valientes.

A los pies de Horacio se ve una parte de la imagen donde si bien, se nota que pese a estar oculta tras la mancha que yo mismo le hice, pero si se fijan bien, verán que allí se adivina a una persona sentada en un peldaño más abajo que el nuestro. Y si manché esa parte de la foto, lo hice porque a quien ahí aparecía ya no quiero verlo ni quiero que nadie tampoco pueda verlo, sin embargo, me siento obligado a describirlo. Él es uno a quien sus circunstancias nunca lo sacaron de La Serena, y si bien el haberlo así omitido con la mancha pudiera parecer una crueldad, a quienes así lo sintieran debo contarles que cuando tras algunos años pude volver a la que era mi ciudad, me topé con él de frente. Él al verme se acercó a mí y, tras darme un abrazo cariñoso, me dijo muy contento que era una gran suerte haberme encontrado porque necesitaban personas de muy buena apariencia como la mía, para integrar una comitiva de honor de civiles que recibiría al tirano, y que después lo acompañarían en su visita a La Serena y al valle.

Lo aparté violento y ya no sé si le dije o tal vez no alcancé a decirle todo lo que me nació decirle, pero debo al menos haberle dicho bastante de aquello que pensaba, que a mi padre se lo había llevado preso a ese estadio que hoy llaman Víctor Jara, y que mi hermano había aparecido ahorcado en circunstancias que difícilmente podrían dilucidarse. Y si no estoy seguro de haberle dicho todo eso completo, debió ser porque él, tal vez avergonzado, se retiró de inmediato, y ahí lo vi alejarse entre la muchedumbre para acercarse a un periodista de apellido Pino, ex alumno también de nuestro liceo, aunque bastante mayor que nosotros, de quien todos sabían, era el vocero de los milicos, por lo tanto un muy buen colaborador de ellos, por ende de la dictadura. Después de eso, por qué habría tenido que mantener su imagen en esta foto que tantos recuerdos valiosos me traía.

Finalmente, el que está a la izquierda de Horacio soy yo, bajista del grupo y segunda voz. Un personaje que como Horacio, no se quiso dar por vencido, aunque a diferencia suya y de tantos otros, logró sobrevivir a las llamas que sobre nosotros pasaron, y hoy es un fantasma que vaga por ahí y que, tal vez buscando alguna manera de quebrar la desesperanza, se empeña en juntar los fragmentos de lo que fue nuestra generación, una que, de haber sido luminosa, se tornó sombría y tenebrosa a causa de esa maldita dictadura que los sueños de tantos quebrantó.

Martín Faunes Amigo, mayo 2024.

El cuento testimonial “Historia de una foto manchada” apareció publicado en Revista La estaca número 35, noviembre 2024.

Horacio Carabantes Olivares era dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria - MIR en la provincia de Coquimbo. Había sido presidente del Centro de Alumnos del Liceo de Hombres de La Serena, hoy llamado Liceo Gregorio Cordovez. Fue detenido cerca del Mercado Municipal de Viña del Mar junto a su hija y su esposa que estaba embarazada. Estando ella prisionera en el Regimiento Maipo de Valparaíso, tuvo mellizas. Estando hasta el día de hoy en la condición de detenido desaparecido.
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