Siendo el mes de septiembre de 1973 cuando yo aún no cumplía los 12 años en el pueblo de Caimanes, Los Vilos, donde vivía con mi abuela Laura Jamett, madre de mi padre, y su pareja Domingo Bustamante, una persona muy importante para mí. Yo vivía con mi abuela Laura debido a que mi madre, Victoria Fernández, había muerto en el año 1972 de una enfermedad a sus riñones. Desde entonces quedé al cuidado de mi abuela y de mi padre, Manuel Marcarian Jamett. En ese mes de septiembre del año 1973, antes de mediodía y sin poder entender lo que pasaba, veía correr gente celebrando la caída del gobierno y por ende se burlaban de las personas del otro color político haciendo risa de los comunistas. Yo no dimensionaba lo que estaba pasando hasta que por la tarde llegué a mi casa después de estar jugando con mi vecino Cupertino Castro (Tato). Estábamos en su casa, ya que era muy grande y tenía bodegas, puesto que era un almacén. Mientras jugábamos, llegó la madre de mi amigo diciendo que no saliéramos a la calle, que siguiéramos jugando ahí. Más tarde, al llegar a mi casa me encuentro a mi abuela llorando y yo no sabía el motivo. Luego me di cuenta de que mi amigo y pareja de mi abuela Domingo se lo habían llevado detenido a la cárcel de Illapel. Un rato después, al ingresar a los dormitorios, me asustó ver todo desordenado, colchones, ropa, roperos, todo estaba hecho pedazos. Al preguntarle, mi abuelita me contó que fueron los carabineros que habían allanado la casa en busca de armas. En este mismo momento fue que dejamos de tener noticias de mi padre, que por ese entonces vivía en Los Vilos, donde ocupaba el cargo de Subdelegado de la ciudad. Acá también era donde compartíamos las tareas de agricultura en vacaciones en el terreno de Conchalí, donde él me enseñaba a manejar el tractor y arar la tierra, disfrutar de las cosas simples de la vida. Supimos al tiempo con mi abuela que también había sido detenido y llevado a Illapel.
En estos primeros años de la dictadura no se hablaba mucho de lo que había pasado con mi padre, ya que era como un tema oculto, todos desconfiaban de todos. Con mi abuela estuvimos así un poco más de un año solos, ya que a su pareja Domingo Bustamante seguía preso en Illapel, donde con el tiempo él contó que lo torturaron y golpearon. Con los años, Domingo murió culpando a los golpes que le provocaron en su estómago. En este tiempo también perdimos todo contacto con mi padre, del cual, solo escuchábamos rumores de que él se encontraba en Copiapó y que trabajaba de mecánico, rumores que solo alimentaban la esperanza, una falsa esperanza de volver a ver a mi padre con vida.
Pasaron los años y nos enteramos de que mi padre había sido trasladado a La Serena, que había sido torturado y fusilado en el Regimiento Arica, asesinado por tener un pensamiento distinto, arrojado en una fosa común en el cementerio de la misma ciudad, fue así que se convirtió en uno más dentro de la lista de los detenidos desaparecidos.
Seguí haciendo mi vida junto a la abuela, en ese entonces la casa funcionaba como pensión y yo le ayudaba con eso. En esos tiempos el negocio de la pensión comenzó a decaer ya que mucha gente se alejó por miedo a represalias y del miedo al gobierno. Con el tiempo me enteré de que yo, siendo un niño de 12 años, me comentaron que siempre estuve vigilado por carabineros que en esos años existían en el pueblo. Pasó un tiempo y me recuerdo muy bien lo desagradable que se sentía, que siempre la gente se refería a mí como “el güacho del finado Jacho” (apodo que tenía mi padre en el pueblo), ese cruel apodo me persiguió por todos lados tanto en la calle como en la escuela. Esto comenzó a provocar en mí cierta comodidad con la soledad, hablar poco con la gente, desconfianza con todos, rasgos que aún conservo hasta el día de hoy.
Mi infancia siempre la viví junto a la abuela Laura, con ella trabajábamos juntos, sembrando en la parcela que tenía junto al río muy cerca del puente de Caimanes. Crecí y al salir de la enseñanza básica de Caimanes me enviaron a estudiar a casa de un amigo de mi abuela a Illapel, don Luis Werner Álvarez. Recuerdo que vivían al lado del Liceo Santa Teresa, estuve un tiempo con ellos y después terminé en el internado de la escuela industrial. Al año siguiente me fui donde un tío a Santiago donde estuve otro año trabajando y estudiando. Un año más tarde mi abuela me mandó a estudiar a Los Andes donde mi tío Juan, quien era un militar activo de la escuela de montaña, fue acá en Los Andes donde terminé mi enseñanza media para luego volver a Caimanes hasta el año 1985 que me casé y volví a Los Andes. En mi juventud, por lo dicho anterior, me convertí en nómade, pasando de ciudad en ciudad buscando un lugar donde pudiera establecerme, buscando ese cariño familiar y figuras paternas que me fueron arrebatados desde tan niño.
Se me genera una angustia tremenda de no poder nunca haberle mostrado mis hijos a mi padre, que él me viera crecer y formar una familia. Comparto el mismo sentimiento por mi hermano, ya que no tuvo la oportunidad de conocerlo ni tampoco pudo presentarle a su hijo. La misma angustia se extiende hasta mi abuela, que murió con la esperanza de toda madre de volver a ver a su hijo con vida, como también la de la esposa de mi padre, Mitzi Julio, una mujer luchadora hasta el final por la causa de mi padre. El daño se siente profundamente al pensar en mi querido hermano, que por circunstancias de la vida y de lo que acontecía en esos años, tuvimos que vivir y crecer separados.
Con este pequeño relato quiero de alguna forma expresar mi sentimiento, sentimiento de una persona que perdió a su madre, a su padre desde niño, que generó toda su personalidad a raíz de los acontecimientos que le sucedieron en la vida y que creció obligado a vivir separado de su hermano. Al día de hoy compenso mis faltas y trancas con el cariño de mis hijos, de mi esposa, de mi nieta y disfrutando del gran amor y unión que tenemos hoy con mi hermano Manuel Marcarian y que tanto se nos arrebato en aquellos años.
Atentamente,
Javier Marcarian Fernández.
Manuel Marcarian Jamett, hijo de Laura Jamett y Abraham Marcarian, tenía 31 años de edad. Tuvo su primer hijo en el año 1961 con Victoria Fernández llamado Javier Marcarian Fernández (12 años en el año 1973), su segundo hijo en el año 1973 con Mitzi Julio con quien se casó, el hijo fue llamado Manuel Marcarian Julio (Meses de edad en el año 1973). En el año 73 Manuel era militante activo del partido comunista de Chile, además tenía el cargo de Subdelegado de la ciudad de Los Vilos, también era agricultor. Tras el golpe militar, fue tomado preso en Los Vilos, acusado de tener intenciones terroristas con el muelle de la ciudad. Por consecuencia, fue llevado preso a Illapel, luego trasladado al regimiento Arica de La Serena, donde fue torturado y fusilado el 15 de octubre del año 1973.