¿A que le temes Cheyre?

Recordado ex general, te vimos preocupado en aquella entrevista que te hicieron en televisión, ¿te acuerdas?, ésa donde tuvieron la mala idea de carearte con ese niño que tuviste que ir a dejar donde las monjas de La Providencia en La Serena, después de que quedara abandonado tras el asesinato de sus padres en el Valle de Elqui. Unas pobres personas, gente sin abolengo. Se llamaban María y Bernardo, ni siquiera eran chilenos, ella mexicana, él argentino.El niño que entonces tenía dos años, cuatro meses más que mi nieto, cuando lo carearon contigo ya era entonces un hombre, y parecía un tipo distinguido. Sin embargo, tú le negabas el rostro, te parecía molestar su mirada, la mirada de los que no han podido crecer apoyados por sus padres. Qué pasó Juan Emilio, qué pasó con ese orgulloso teniente que conocimos allá los de Serena.

Jimmy Bossy y Rodrigo Palma

Son cosas curiosas que ocurren y que me llevan a preguntarte si alguna vez quisiste hablar con las madres de esas criaturas que fueron baleadas por los soldados de tu patrulla en Guayacán, ¿te acuerdas?, claro no los habrás olvidado supongo. Se llamaban Rodrigo Palma y Jimmy Bossy, tenían ocho y nueve años y un futuro maravilloso que se truncó con las balas de tus soldados, ésos que después prefirieron sepultarlos. Posiblemente sintieron vergüenza. Pero qué vergüenza, era la guerra ¿no?, estaban salvando a la patria. De todos modos, qué pena por sus madres, quizá les hubieran servido tus palabras. Qué les habrías dicho me pregunto; pero lógico, si hubieras tenido la nobleza de hablarles. ¿Las habrías mirado de frente o como hiciste con Lejderman, el huérfano?, ¿las habrías mirado de soslayo para no encontrarte con sus ojos?

Y hoy por segunda vez no llegas al careo con Cecilia Marchant y Óscar. Ellos son personas mayores Juan Emilio. Claro que cuando te conocieron en el Regimiento Arica de La Serena eran muy jóvenes. Cecilia sobretodo, diecinueve años, una mocosa. Pero tú no eras tampoco mucho mayor y entonces la vida se te daba grata. Pero hoy también se te da grata, incluso placentera, eres un funcionario público de alta jerarquía, eres además respetado por muchas personas incluso autoridades de gobierno y del Estado. Hay incluso abogados de derechos humanos que están contigo, te defienden. Dicen que te has portado bien con ellos. Y si lo dicen, así debe ser, con qué derecho podría alguien negar algo como eso. Por qué entonces no te presentas a los careos y los miras de frente, acaso le temes a Óscar, adulto mayor, a Cecilia, maestra jubilada. Recuerda que además el propio Lejderman dijo tras esa entrevista de televisión tan ingrata que no te deseaba lo que vivieron sus padres, y en eso digo con toda propiedad que me parece generoso de su parte.

Nada que temer entonces Juan Emilio, haciendo notar para tu tranquilidad, que ya no están en este mundo los que fueron asesinados el dieciséis de octubre en tu regimiento como para que, con razón o sin razón, pudieran increparte. No estarán Jorge Peña Hen, el de las orquestas infantiles, tampoco Mario Ramírez el catedrático, mucho menos Barrantes el de la UTE que era tan joven. No estará ninguno de ellos, hablo de los quince y quién sabe cuántos más, hablo de los que probablemente sean tus fantasmas.
Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme también, que si nada tuviste que ver con eso, le doy vueltas en la cabeza sin entender por qué entonces no te presentas de una vez en los tribunales y les arrojas a la cara a la tal Cecilia y al tal Óscar que no son sino un par de mentirosos y que en eso de los fusilamientos tú no estabas presente. Les puedes decir que estabas en la intendencia, en Coquimbo o incluso paseando por el faro o por la plaza, y que los de la caravana de la muerte actuaron en eso solos y no quisieron compartir con nadie el placer y el regocijo de eliminar a esos terribles traidores a la patria.

Luis Emilio, Cecilia y Óscar se quedaron esperándote. Era una mañana húmeda y fría y habían anunciado una fuerte lluvia, y ahí estaban los dos en la expectativa de que llegaras a mirarlos a los ojos como no lo hiciste con Lejderman. De haber ido tú a esa cita, habrías podido contar tu verdad, quedando como el valiente soldado que siempre dices que fuiste, y como debemos ser justos, todos habríamos quedado contentos.
En fin. Ante la posibilidad de que hayas olvidado las cosas de que hablo, quise adjuntar para ti las fotos de los niños de Guayacán y el enlace a su historia, y el enlace también a esa tonta entrevista a la que nunca debiste someterte, y la foto de Cecilia y Óscar a quienes un milagro los salvó de la caravana de la muerte y de no haber sido por ese milagro los fusilados hubieran sido dieciocho y no quince, aunque tal vez muchos más. Pero como ya te dije se quedaron esperándote ahí en Merced 360, segundo piso, donde están los tribunales.

Juan Emilio, todos sabemos que tú cuando fuiste comandante en jefe entregaste toda la información que poseía el ejército sobre violaciones y violadores de derechos humanos, algo que no parece que lo hayan hecho los carabineros ni los de la aviación, tampoco los marinos. Y si como puede verse todo está bien y como corresponde. Además, el tribunal está a pasos del estacionamiento subterráneo que hay detrás del Cerro Santa Lucía, así que, a pesar del aumento de la delincuencia, nadie te va a rayar el auto y mucho menos robártelo. Es por todo esto que entonces reitero la pregunta: por qué no me cuentas a qué le temes Cheyre.

Fraternalmente,

Martín Faunes Amigo, Presidente de la Corporación Cultural La Serena Dieciséis de Octubre, Director de www.lashistoriasquepodemoscontar.cl

OBS: CARTA ESCRITA EN 2015

LEER MÁS: