Primer Concurso Literario

El PRIMER PREMIO fue otorgado a Ana Gavilanes Bravo con su cuento “ARENA”. La ganadora del concurso participó vía videoconferencia.

La luz del amanecer se perfila sobre la cumbre de las montañas aún nevadas. Al otro extremo, el mar. Al fondo la franja de tierra, a veces verde y otras de un café rojizo, casi sangriento.

¿Recuerdas cuando paseábamos por esas playas? sientes la brisa marina en tu cara. Pero no comprendes, llevas mucho tiempo en este lugar, te despierta la arena que escurre entre tus dedos.

Me miras, pero no me ves, no puedes. Me presientes, sabes que estoy aquí, como siempre a tu lado.

El día avanza, ahora el sol golpea, fuerte. Tu boca está seca, más y más arena. El aire quieto, solo el sol que calienta tu cuerpo.

¿Te acuerdas cuándo llegamos?, ¿o nos trajeron? En mi memoria, son más nítidos los días previos al viaje: estábamos en el parque era otoño, empezaban a cubrirse de hojas los senderos. No entiendo por qué esa imagen, igual que en una película, se va a negro y no veo nada. Se que estás a mi lado, pero no te escucho.

Son otras las voces.

Recuerdo golpes, no comprendo, ¿me puedes explicar? Tú estabas ahí, pero solo mirabas. Al parecer no podías hacer nada.

Siento como se mueve la arena, escucho voces parecidas a las anteriores pero distintas. ¿Sientes lo mismo? Ahora, el ruido es ensordecedor. Estoy soñando, nos elevan, la tierra ya no está ahí solo veo el mar y siento como el alambre que te rodea se enreda en el mío y caemos juntos al abismo.

El SEGUNDO PREMIO fue otorgado a Eva Debia Oyarzún con su cuento “LA DEUDA”. El premio fue entregado por el Director de la Corporación y responsable del concurso, Martín Faunes Amigo.

Al principio, el hombre de ojos cansados no comprendió lo que ese joven le estaba contando. Lo conocía de chiquillo: había sido un rapacito inquieto, con la nariz llena de mocos y mechas tiesas, escondido entre las faldas de esa mujer que llegó a pedirle ayuda allá en los cincuenta y algo, cuando él era Regidor de La Serena por el Partido Socialista.

Había quedado sola con su hijo y estaba desesperada. Juan le pidió a la camarada que le limpiara la carita al niño y, mientras buscaba pan entre sus bolsillos, empezó a movilizar sus contactos. Antes de una semana, el diligente caballero se las había ingeniado para conseguir dos cosas: una casa de emergencia en lo que hoy se conoce como el histórico barrio Minas (parte del Plan Serena del presidente Gabriel González Videla), y un puesto para la mujer como vendedora en una paquetería, en el centro de la ciudad.

La madre del chiquillo jamás olvidó la mano solidaria del Regidor; fue gracias a esto que el mozalbete pudo conseguir una beca en la Escuela Técnica de los Servicios de Prisiones. Tras titularse como gendarme, llegó a trabajar en tal condición a la Cárcel de La Serena, donde siguió viviendo junto a su mamá, en la misma casita pintada de amarillo de la población.

Por eso estaba ahí. Para hablarle de su paso por la cárcel y lo que ocurrió ese día.

El 16 de octubre cayó martes y, a primera hora, un helicóptero lleno de militares aterrizó en el regimiento Arica. El líder llevaba un pasaporte que aclaraba su misión a poco más de un mes del golpe de Estado: había sido designado por el mismísimo Pinochet para “acelerar procesos y uniformar criterios en la administración de justicia” a los prisioneros a lo largo del país. En la plataforma de aterrizaje los esperaba el comandante Ariosto Lapóstol Orrego. La caravana se fue derechito a la cárcel pública, donde casi medio millar de hombres estaban privados de libertad por identificarse políticamente con el gobierno recién derrocado.

— Era muy difícil trabajar en ese contexto, don Juanito. Usted probablemente no se acuerda, pero los reos tenían que permanecer parados porque no cabían de otro modo. Muchos dormían en los pasillos, en el suelo pelado nomás… Nunca tuvimos tanta pega como ese año del demonio, sepa disculpar la expresión.
El hombre sacó un pañuelo para limpiar el sudor de su frente antes de seguir con su relato:

– Estaba de turno ese día, así que me tocó recibirlos. Se encerraron por dos horas y cuando vi salir al comandante Lapóstol, blanco como costal de harina, se me congeló el espinazo, oiga. Me estiró un papel lleno de borrones y me ordenó traer a las 20 personas del listado. Salí al patio con la voz tiritona, porque entendí al toque que se los iban a cargar, don Juanito. Los fui llamando como un autómata. Todavía me acuerdo de sus rostros, casi todos campesinos y gente humilde, salvo por algunos profesionales como el doctor Jordán o el abogado Guzmán, que caminó a paso firme con un Código entre las manos, refunfuñando que su condena estaba mal hecha. También había unos profes universitarios, el exgobernador de Vicuña, un dirigente sindical y por supuesto, el profe Peña Hen, que, entre ironías, me había preguntado cómo iba a ser posible meter violines y metralletas juntos en los mismos estuches musicales, porque de eso lo habían acusado cuando fue a Cuba con su orquesta juvenil.

Juan trató de fijar en la memoria lo que por más de una década quedó bloqueado como una pesadilla atávica. Tenía 64 años para el golpe, lo recuerda bien, y pasó días de horror durante su estadía en la cárcel. Reconoció la imagen del gendarme más delgado, sudoroso igual que ahora. ¿Por qué venía este fantasma a revivir toda esta historia al living de su propia casa?

–… El asunto es que justo antes de Peña Hen tendría que haberlo llamado a usted, don Juanito. Pero me salté su nombre, porque se lo debía. Me salté también el nombre de Juan González porque fue medio pinche de mi mamá y un par de pergüétanos que jugaban fútbol conmigo en el barrio, cuando éramos cabros chicos. Volví a la sala con 15 personas; uno de los reclusos había sido ya despachado a Santiago, y los otros cuatro que dije que no estaban en el recinto nomás.

El anciano conocía la historia al dedillo, porque se trataba de sus amigos, compañeros, camaradas. Se los llevaron a un polígono de tiro cercano al casino de oficiales del regimiento, donde los fusilaron pasadas las cuatro de la tarde. La madrugada del 17 de octubre los tiraron a una fosa común del Cementerio Municipal y mediante un bando se informó a la prensa local de las ejecuciones.

A Juan se le nubló la vista tras las cejas hirsutas y desordenadas. ¿Cómo había podido ese niñato ser tan irresponsable y arriesgarse de ese modo cuando el aliento de la muerte respiraba en todas las nucas? ¿Quién se creyó él para desafiar su propio destino y dejarlo sin la posibilidad de cumplir con el camino que le correspondía de acuerdo con las circunstancias de su tiempo?

– Me jubilé el año pasado y por casualidad me enteré del deterioro en su salud, don Juanito. Quise venir a verlo para quedarme con la tranquilidad de contarle esta historia que he tenido guardada tanto tiempo. Me siento muy orgulloso de haberlo salvado de la masacre, se lo digo de todo corazón. Ahora puedo mirar a mi madre a los ojos y decirle que hemos saldado la deuda con usted: estamos en paz.

El gendarme tomó la boina que había dejado sobre el banco de la entrada. Juan quiso hablar, pero las palabras se le desgranaron en la lengua, llegando apenas a un balbuceo mientras escuchó el suave murmullo de la puerta cerrándose por fuera.

EL TERCER PREMIO fue otorgado a Marcia Areválo Valenzuela por su cuento “SALVOCONDUCTO”. El premio fue entregado por la presidenta de la Corporación, Susana López Tobar.

Atravesaba el toque de queda. Raudo, intentaba tomar pasajeros que le permitieran abultar el sustento. Ese sustento que se volvía esquivo, que se volvía dolor, que se volvía miedo. Manuel no quiso prender la radio. Las noches eran espectralmente silenciosas, así es que prefirió seguir su travesía con el arrullo del motor de su taxi Opala.

La avenida Tobalaba se veía despejada. Tan despejada que, con tan solo ver la ausencia de vida y bullicio, se le helaba la sangre. Silencio. Exilio. Vacío. Muerte.

En ese entonces, el único pasaje hacia un poco de libertad era el salvoconducto. Manuel lo tenía y lo atesoraba, como atesoraba la esperanza de volver cada noche a casa.

El arrullo del motor de pronto se volvió graznido, de pronto se volvió grito, de pronto se volvió alarido. Delante de él, una Citroneta era interceptada por cuatro hombres. Detuvo el taxi, detuvo el aliento y detuvo la vida. Escuchó los gritos de Isabel, sus súplicas.

Escuchó el repique de su número de identificación. Escuchó y no quiso escuchar. Escuchó que tenía dos hijos pequeños. Escuchó que ella no le hacía mal a nadie. Escuchó “por favor”. Escuchó mil veces “por favor”. Escuchó su plegaria.

Tres de los cuatro hombres, la sacaban a tirones del auto. La jalaron, la arrastraron. Manuel con el corazón en hielo, trató de maniobrar el taxi, trató de maniobrar la templanza, pero todo era en vano. Lloró por los hijos de Isabel, elevó todos los rezos al universo por el padre de Isabel, por la madre de Isabel. Apoyó sus manos y su frente en el manubrio. Los asientos enchapados en cuerina le parecieron más helados y rígidos que nunca. Forcejeó con su valentía y con el miedo. Forcejeó con el coraje y el horror. «¿Y si los detengo? ¿Y si por detenerlos, me arrastran hacia el no retorno? ¿Por qué ahora me acobardo?… ¿Quién llorará por mis hijos? ¿Quién amará a Elena? ¿Quién preguntará por mi vida suspendida en el quebranto?» Exhaló con furia. Exhaló con pavor. Exhaló el frío del metal. Exhaló la impotencia. Exhaló y exhaló todo lo que esos breves minutos le permitieron. La Citroneta partió con Isabel convertida en tinieblas y clamor.

En esa noche de horror, la disociación era la única salida para mantenerse firme frente a la amenaza. En ese desvarío mental, en esa sombría premonición, Manuel volvió abruptamente al presente. Uno de los hombres le golpeó la ventana del auto. La voz no le salía. Su voz estaba secuestrada. Sus palabras habían sido raptadas.

– Sigue a esa Citroneta le ordenó el hombre que intempestivamente abordó su taxi.

Manuel manejó como un autómata. Su espalda se congeló. Su pulso se evaporó. Su corazón fue alcanzado por la guadaña… Todo en ese instante destilaba muerte.

– Detente acá. En este portón. Espérate a que te abran y me dejas adentro.

La puerta fatídica se abrió. Junto a ella, se escaparon los susurros de la muerte, se expandió el espanto. Manuel imploraba en silencio. Sintió el jadeo incesante de perros enormes que patrullaban al interior de ese portón. Un silencio ensordecedor se instaló en el taxi. No pudo recordar cómo viró para salir de allí. No pudo recordar cómo manejó. No pudo escuchar los gritos. No pudo escuchar los grilletes de Isabel. Ya no escuchaba el repique de su número de identificación. Ya no escuchaba sus súplicas.

Sentía en su boca un sabor a desdicha, un amargor que no conocía. Solo pensaba en su padre. Solo pensaba en el padre de Isabel. Solo pensaba en esos dos hijos de Isabel. Solo pensaba en cómo Isabel fue arrastrada fuera de su auto, en cómo era asistida por los edecanes del pavor.

Volver a casa ya no sería lo mismo. Cómo podría seguir el mismo camino, la misma señal, el mismo letrero, la misma vida.

En los meses siguientes intentó hacer esa misma ruta, palpar las mismas calles, surcar el mismo pavimento. Intentó avanzar en silencio, como en una secreta procesión. Una procesión que tal vez redimiera el miedo que le cercenó el coraje esa noche. Esa noche fatídica, donde la intercepción fatídica, el secuestro fatídico, la huida, desmantelaron las esperanzas de Isabel.

Pasó tantas noches por ese portón metálico. Puso tantas noches sus manos y su frente en el manubrio. Se convirtió en guardia. Se convirtió en centinela. Aguardó en su taxi. Aguardó con el corazón galopando en su pecho. Esperó y esperó que el reflejo luminoso de Isabel atravesara prístinamente ese portón, y que, en un vuelo inusitado, volara hacia los abrazos de sus hijos, volara hacia las sonrisas de sus padres. Volará hacia la paz, hacia la redención de tanta vida que le faltó por vivir.

La MENCIÓN HONROSA fue otorgada a Erika Chalán Montoya por su cuento “MADRECITA”. El premio fue entregado por la Directora de la Corporación, Maria Isabel Matamala Vivaldi.

– Madrecita —dijo Nelsón, haciendo ese gesto con el dedo índice cerca de la nariz.

Marcela, la educadora, luego de tres turnos consecutivos, abrió la hoja del cuaderno de matemáticas para inhalar la muerte.

Las mucosidades blanquecinas brotaban de la nariz de los niños, y de Marcela, goteaban brillantes sobre el piso mugroso del patio, donde antes habían tenido una batalla de mojones sacados del baño.

En la casa cinco pasan muchas cosas.

Una densa vaguada costera, mezcla de gas pimienta y humo de cigarro, difuminan las zapatillas último modelo de Jairo; sus piernas se trenzan con una cuerda de sábanas, el cuerpo pesado se mueve de un lado a otro, como si estuviese en el columpio donde nunca pudo jugar. Sus ojos blancos e inertes apuntan al techo, el mismo que miraba desde el camarote, cuando soñaba con incendiar la cárcel de menores.

 

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