{"id":3379,"date":"2024-10-10T16:40:50","date_gmt":"2024-10-10T16:40:50","guid":{"rendered":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/historia\/asesinados-y-desaparecidos\/la-primavera-del-75\/"},"modified":"2024-10-10T20:13:03","modified_gmt":"2024-10-10T20:13:03","slug":"la-primavera-del-75","status":"publish","type":"page","link":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/historia\/asesinados-y-desaparecidos\/la-primavera-del-75\/","title":{"rendered":"La primavera del 75"},"content":{"rendered":"<figure id=\"attachment_3385\" aria-describedby=\"caption-attachment-3385\" style=\"width: 850px\" class=\"wp-caption alignleft\"><img decoding=\"async\" class=\"wp-image-3385 size-full\" src=\"http:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/ana_marin_alejandro_federico-e1728590689705.jpg\" alt=\"\" width=\"850\" height=\"547\" srcset=\"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/ana_marin_alejandro_federico-e1728590689705.jpg 850w, https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/ana_marin_alejandro_federico-e1728590689705-300x193.jpg 300w, https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/ana_marin_alejandro_federico-e1728590689705-768x494.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 850px) 100vw, 850px\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-3385\" class=\"wp-caption-text\">Ana Mar\u00edn Molina con Alejandro en sus brazos y su compa\u00f1ero Federico \u00c1lvarez Santiba\u00f1ez.<\/figcaption><\/figure>\n<p>En plena primavera del a\u00f1o 1975, mientras en todas las casas de la poblaci\u00f3n se oyen las notas de \u00abPeque\u00f1a y fr\u00e1gil\u00bb, Federico me dice: \u00abMa\u00f1ana vendr\u00e1n dos compa\u00f1eros a almorzar: el Negro Alejandro y el Mono Chico\u00bb.<\/p>\n<p>Al Mono Chico lo conozco, lo he visto algunas veces. Un muchachito de 17 a\u00f1os que realiza tareas de enlace. Su misi\u00f3n es mantenernos en contacto con otro compa\u00f1ero -el Mono Grande- que ha escapado a la represi\u00f3n, pasando a la clandestinidad. \u00abSe escap\u00f3 jabonado\u00bb, precisa Federico. \u00ab\u00a1Es m\u00e1s resbaloso que un congrio!\u00bb<\/p>\n<p>Federico, a quien le encanta inventar sobrenombres, los ha bautizado as\u00ed. El Mono Grande representa el eslab\u00f3n que falt\u00f3 a la DINA para continuar con una larga cadena de detenciones. \u00abEs el eslab\u00f3n perdido\u00bb, dice. Y de ah\u00ed se le ocurre la idea de los &#8216;monos&#8217;. Yo me r\u00edo de sus chistecitos que casi nadie entiende.<\/p>\n<p>\u00ab\u00bfQui\u00e9n es el Negro Alejandro?\u00bb, pregunto. \u00abYa lo conocer\u00e1s\u00bb, responde el Chico con un alegre aire de misterio.<br \/>\n\u00ab\u00bfY qu\u00e9 preparo de comer?\u00bb Contamos s\u00f3lo con ollitas y cacerolas chicas suficientes para dos personas: pero seremos cuatro. Primera vez que tendremos invitados en la peque\u00f1a pieza que arrendamos en una poblaci\u00f3n de Vallenar. \u00abPrepara la pizza\u00bb, sugiere Federico. Acepto de buen grado la idea.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente muy temprano, Federico va al centro. Luego regresa en compa\u00f1\u00eda de un muchacho moreno, alto, delgado, y con una sonrisa deslumbrante. Es el Negro Alejandro, quien me saluda con mucho cari\u00f1o como si me conociera desde siempre. Quedo al instante conquistada por su gran simpat\u00eda.<\/p>\n<p>Mientras Federico prepara unos papeles, nos sentamos a conversar. Alejandro me muestra una foto. Es una hermosa foto donde veo a un ni\u00f1ito que r\u00ede divertido, luciendo un casco de minero demasiado grande para \u00e9l. \u00abEs mi hijo\u00bb, dice el Negro con orgullo. \u00ab\u00a1Muy lindo!\u00bb, digo yo, y contemplo la foto sin atreverme a preguntarle nada. En mi mente suenan las palabras que oigo siempre decir a Federico: \u00abNo preguntes, no cuentes, ni dejes que te cuenten. Mientras menos sepas de los otros, mejor\u00bb.<\/p>\n<p>Poco despu\u00e9s, el Chico y Alejandro salen, diciendo que a mediod\u00eda volver\u00e1n con el Mono. Antes de irse, Federico me advierte: \u00abNo le eches mucha sal a la pizza&#8230; \u00a1Mejor que &#8216;fafalte&#8217; antes que zozobre!\u00bb<\/p>\n<p>Como a las doce y media ya tengo todo listo y cerca de la una los veo llegar. Vienen muertos de risa. Entran bromeando y conversando. Y muestran -como si se tratara de un trofeo- una gran bolsa de papel llena de n\u00edsperos.<\/p>\n<p>\u00ab\u00bfDe d\u00f3nde sacaron estos n\u00edsperos?\u00bb, digo probando uno. \u00ab\u00a1Son exquisitos!\u00bb. \u00abSe cuenta el milagro, pero no el santo\u00bb, dice Federico. \u00abEs un regalo que nos hizo alguien\u00bb, confiesa el Mono. \u00abAlguien que posee un gran huerto\u00bb, agrega el Negro.<\/p>\n<p>Van a lavarse y a refrescarse un poco en el pil\u00f3n del patio y luego nos sentamos a almorzar. Estamos bien estrechos en aquella mesita. Iniciamos a servirnos la pizza y -al cortarla- me doy cuenta de que qued\u00f3 bastante dura.<\/p>\n<p>Federico y el Negro empiezan a recordar an\u00e9cdotas de sus tiempos de estudiantes en la Universidad de La Serena. Hablan de otros amigos que el Mono Chico y yo no conocemos. Nos sentimos fuera de lugar, sin poder intervenir en la conversaci\u00f3n. Pero, por otra parte, es lindo contemplar a esos muchachos grandes intercambiando historias y noticias de d\u00edas m\u00e1s felices.<\/p>\n<p>De pronto noto que el Mono Chico -en completo silencio y gran concentraci\u00f3n- hace esfuerzos sobrehumanos tratando de cortar un pedazo de pizza. Los servicios tienen mango de pl\u00e1stico. Veo que el mango del cuchillo del Mono se ha quebrado, y \u00e9l -sin decir nada- lo mantiene adherido a duras penas y trata de seguir us\u00e1ndolo.<\/p>\n<p>\u00ab\u00bfSe te quebr\u00f3 el cuchillo?\u00bb, digo yo, sin poder contener m\u00e1s la risa. \u00abNo importa. No te preocupes. Son servicios de mala calidad. Se rompen solos\u2026 \u00a1No me ofendo si dices que la pizza me qued\u00f3 como piedra!&#8230; Estamos en confianza: t\u00f3mala con la mano\u00bb.<\/p>\n<p>La atenci\u00f3n de los m\u00e1s grandes se dirige por fin hacia nosotros. Federico tiene 28 a\u00f1os y Alejandro tal vez pocos menos. Hacen frente com\u00fan contra el Mono Chico y yo, porque somos m\u00e1s j\u00f3venes.<\/p>\n<p>Empiezan a re\u00edr del Mono y de su gran odisea al tratar de servirse la pizza utilizando ese cuchillo roto. Trato de defenderlo. Al final terminamos los cuatro riendo por tonteras.<\/p>\n<p>Estamos contentos de estar ah\u00ed juntos: conversando, bromeando, compartiendo una pizza dur\u00edsima.<br \/>\nAlejandro habla de largas y extenuantes caminatas que hac\u00edan en grupo por Coquimbo y Serena, escalando los cerros. \u00abUn d\u00eda \u00edbamos muy cansados\u00bb, cuenta, \u00abya no pod\u00edamos m\u00e1s, y -al llegar a la cumbre- lo \u00fanico que quer\u00edamos era sentarnos por ah\u00ed o tirarnos al suelo a descansar un rato&#8230; S\u00f3lo este Chico quiso quedarse en pie contemplando el paisaje&#8230; \u00a1Y luego nos llamaba para que fu\u00e9ramos a disfrutar con \u00e9l del lindo panorama!&#8230; \u00a1Nos daban unas ganas de pegarle!\u00bb Federico r\u00ede divertido, recordando la escena.<\/p>\n<p>Conversan de una y mil cosas gran parte de la tarde y a un cierto punto -no s\u00e9 por qu\u00e9- sale el tema de la baja estatura de Federico. Es verdad que tanto el Negro como el Mono son altos. Y sienten el irreprimible impulso de bromear y molestar al Chico: \u00abChico, \u00bfcu\u00e1nto mides?\u00bb, le preguntan riendo. \u00ab\u00bfNo nos quieres decir?\u00bb \u00ab\u00a1Confiesa! \u00bfCu\u00e1nto mides?\u00bb<br \/>\nFederico trata de desviar el tema, pero ellos insisten. Hasta que pierde la paciencia y dice: \u00abPara arriba mido uno y sesenta&#8230; Pa&#8217; delante&#8230; \u00a1Dos metros!\u00bb Y me lanza una mirada victoriosa, sonriendo con malicia. Los muchachos se quedan mudos, consternados, perplejos. No esperaban una respuesta as\u00ed. Luego estallan en grandes carcajadas.<\/p>\n<p>Llega la hora de despedirse y los dos compa\u00f1eros se van.<br \/>\nSe acerca ya la noche de este ins\u00f3lito d\u00eda, pero a\u00fan no terminan las sorpresas. Mientras Malena canta el tango como ninguna, vemos aparecer al Negro.<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Qu\u00e9 pasa!\u00bb, pregunta Federico, al tiempo que se pone de pie. \u00abNada\u00bb, dice \u00e9l. \u00abPerd\u00ed el bus\u00bb. Luego agrega: \u00abNo tengo en qu\u00e9 viajar a Copiap\u00f3. Por favor, d\u00e9jenme pasar la noche con ustedes. Me ir\u00e9 ma\u00f1ana a primera hora: en el bus de las siete\u00bb.<\/p>\n<p>Con Federico nos miramos inciertos. No hay problemas en que el Negro Alejandro se quede. Mas, \u00bfd\u00f3nde dormir\u00e1?&#8230; Tenemos s\u00f3lo una cama de plaza y media. \u00ab\u00bfD\u00f3nde vas a dormir?\u00bb, pregunta Federico. \u00abEn cualquier parte\u00bb, le responde el Negro. Y mira alrededor en busca de algo: \u00abAqu\u00ed: sentado en esta silla\u00bb, dice. Y viendo que los dos lo miramos dudosos, empieza a &#8216;suplicarnos&#8217;, poniendo en juego toda su simpat\u00eda: \u00abD\u00e9jenme pasar la noche aqu\u00ed, muchachos. No tengo d\u00f3nde ir\u00bb. \u00abDe acuerdo\u00bb, decimos con el Chico.<\/p>\n<p>Vuelve a reinar la alegr\u00eda en la casa y me divierto escuchando sus conversaciones mientras preparo algo para la cena.<br \/>\nComemos y hacemos sobremesa hasta tarde. Federico y el Negro tienen mucho que hablar. No se quedan ni un momento en silencio. Recuerdan tantas cosas. Poco a poco se hace sentir el sue\u00f1o. \u00abNi\u00f1os, ya es m\u00e1s de medianoche\u00bb, digo. \u00abMa\u00f1ana debemos levantarnos temprano\u00bb.<br \/>\nEllos se alzan y empiezo a imaginar una cama para el Negro Alejandro. No es posible que duerma en una silla. Veo en un rinc\u00f3n de la pieza una ruma de diarios que Federico compra para estar informado. \u00abHagamos una especie de colch\u00f3n usando esos papeles\u00bb, les propongo entusiasta.<\/p>\n<p>Y en el \u00fanico hueco libre de la pieza -junto a nuestra cama- preparamos un colch\u00f3n de emergencia extendiendo en el suelo Terceras y Mercurios, los cuatro cojines de las sillas y unas pocas toallas para que quede m\u00e1s blando. Luego busco las s\u00e1banas, un almohad\u00f3n para que el Negro apoye la cabeza y -como no tenemos m\u00e1s frazadas- le tiramos arriba algunos chaquetones. Es primavera, s\u00ed, pero de noche todav\u00eda hace fr\u00edo.<\/p>\n<p>Los tres -muy contentos por el resultado- hacemos turnos para lavarnos y luego nos vamos a la cama.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente me despierta el rumor de la tetera hirviendo. Alejandro ya est\u00e1 en pie, listo para partir, y nos ha preparado el desayuno. Se sirve un poco de t\u00e9 con mucha prisa y -agradeci\u00e9ndonos de nuevo por haberle dado asilo aquella noche-, se despide de nosotros abraz\u00e1ndonos fuerte. \u00abNos vemos\u00bb, dice al cerrar la puerta. Y en el aire queda flotando su sonrisa.<\/p>\n<p>Nunca m\u00e1s vuelvo a verlo.<br \/>\nPoco tiempo despu\u00e9s, nos llega la noticia de que lo han detenido en Copiap\u00f3 junto a su esposa y a otros compa\u00f1eros. Corren rumores de que lo han torturado. De que ha muerto en tortura. \u00abHicieron desaparecer al Negro Alonso\u00bb, murmura con tristeza Federico, usando por primera vez en mi presencia el verdadero nombre de su amigo.<\/p>\n<p>El compa\u00f1ero Alonso Lazo Rojas, hab\u00eda estado en nuestra casa, conoc\u00eda nuestra direcci\u00f3n, sab\u00eda muy bien d\u00f3nde viv\u00edamos. Sin embargo, no habl\u00f3. Soport\u00f3 la tortura. No dio ninguna informaci\u00f3n a sus verdugos, protegi\u00e9ndonos con su silencio.<\/p>\n<p>Pero la primavera del 75 no trajo s\u00f3lo cosas tristes. Federico y yo descubrimos -con inmensa alegr\u00eda- que est\u00e1bamos esperando un hijo.<br \/>\nDecidimos llamarlo Alejandro, en recuerdo del Negro.<\/p>\n<p><strong><span style=\"font-size: 12pt;\">Relato de Ana Mar\u00edn Molina, esposa de Federico \u00c1lvarez Santiba\u00f1ez.<\/span><\/strong><\/p>\n<hr style=\"height: 1px; border-width: 0; color: gray; background-color: #e0e0e0;\">\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En plena primavera del a\u00f1o 1975, mientras en todas las casas de la poblaci\u00f3n se oyen las notas de \u00abPeque\u00f1a<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/historia\/asesinados-y-desaparecidos\/la-primavera-del-75\/\" class=\"more-link\">Seguir leyendo<span class=\"screen-reader-text\">La primavera del 75<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"parent":1341,"menu_order":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","template":"","meta":{"inline_featured_image":false,"ngg_post_thumbnail":0,"footnotes":""},"class_list":["post-3379","page","type-page","status-publish","hentry"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/3379","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/pages"}],"about":[{"href":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/page"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3379"}],"version-history":[{"count":8,"href":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/3379\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":3392,"href":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/3379\/revisions\/3392"}],"up":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/1341"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3379"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}