{"id":3342,"date":"2024-10-10T14:12:29","date_gmt":"2024-10-10T14:12:29","guid":{"rendered":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/?page_id=3342"},"modified":"2024-10-10T15:28:36","modified_gmt":"2024-10-10T15:28:36","slug":"coquimbo-donde-dinamitaron-personas","status":"publish","type":"page","link":"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/index.php\/historia\/testimonios-de-la-epoca\/coquimbo-donde-dinamitaron-personas\/","title":{"rendered":"Coquimbo, donde dinamitaron personas"},"content":{"rendered":"<p><img decoding=\"async\" class=\"alignnone wp-image-3352 size-full\" src=\"http:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/mario_sonia_german_02.png\" alt=\"\" width=\"828\" height=\"393\" srcset=\"https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/mario_sonia_german_02.png 828w, https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/mario_sonia_german_02-300x142.png 300w, https:\/\/corporacioncultural16octubrelaserena.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/10\/mario_sonia_german_02-768x365.png 768w\" sizes=\"(max-width: 828px) 100vw, 828px\" \/><\/p>\n<pre><strong><span style=\"font-size: 12pt;\"><em>En memoria de Mario Romero, Sonia Valencia y Germ\u00e1n Cuello.\r\nRelato de Ana Mar\u00edn Molina, compa\u00f1era de Federico \u00c1lvarez Santib\u00e1\u00f1ez.<\/em><\/span><\/strong><\/pre>\n<p>Fue temprano, en la ma\u00f1ana, mientras vest\u00eda al ni\u00f1o, mientras t\u00fa, a\u00fan tendido en la cama, escuchabas las primeras noticias como lo hac\u00edas siempre. El sol de inicios de verano ocupaba la pieza y por las calles de la poblaci\u00f3n la gente se aprontaba a recibir otro nuevo a\u00f1o.<\/p>\n<p>No s\u00e9 c\u00f3mo escuchaste, Federico, o quiz\u00e1s esperabas escuchar algo al respecto. Lo cierto es que saltaste de la cama y corriste hacia el living y alzaste al m\u00e1ximo el volumen de nuestra vieja radio. Algo dec\u00eda que no quise entender, que no pude entender, que tuve que pedirte me explicaras.<\/p>\n<p>Te duchaste y vestiste con una velocidad extraordinaria. \u00abVoy a comprar el diario\u00bb, escuch\u00e9 que dec\u00edas y me qued\u00e9 sintiendo ese eco tr\u00e1gico de una puerta que se cierra de golpe. Hice el almuerzo como cada d\u00eda, porque esos sobresaltos no nos eran extra\u00f1os. Cuando al fin regresaste, vi aquellas grandes letras que, en rojo intenso, anunciaban s\u00f3lo desgracias de la primera p\u00e1gina:<br \/>\n<em><strong>\u00abTres extremistas mueren al explotar la bomba que estaban preparando\u00bb.<\/strong><\/em><br \/>\n\u00ab\u00bfSabes qui\u00e9nes son?\u00bb, me atrev\u00ed a preguntar. \u00abCreo saberlo, pero no estoy seguro\u00bb, murmuraste. Revisamos con avidez las p\u00e1ginas del diario, con una rapidez vertiginosa, con desesperaci\u00f3n, con el deseo de saberlo luego, fuese aquello que fuese. Es m\u00e1s terrible a\u00fan la incertidumbre que la verdad m\u00e1s negra.<\/p>\n<p>No pude resistirlo y te arranqu\u00e9 las hojas de las manos. Busqu\u00e9 y busqu\u00e9 m\u00e1s detalladamente y\u2026 s\u00ed. Un t\u00edtulo peque\u00f1o. Un miserable y min\u00fasculo art\u00edculo. S\u00f3lo unas pocas l\u00edneas: \u00abTres extremistas mueren en Coquimbo\u00bb. Lo \u00fanico seguro eran esos dos nombres conocidos. El tercero, dec\u00eda la noticia, no hab\u00eda sido identificado. \u00abEs Rogelio\u00bb, dijiste. Con una voz extra\u00f1a que no te conoc\u00eda.<\/p>\n<p>La chica Lila, Rodrigo y Rogelio. Y un vac\u00edo incre\u00edble me pes\u00f3 en el est\u00f3mago. No me pude mover. Rele\u00ed una y otra vez esas l\u00edneas confusas del raqu\u00edtico art\u00edculo. \u00a1Qu\u00e9 contraste con el t\u00edtulo inmenso de la primera p\u00e1gina! \u00ab\u00a1Pero, c\u00f3mo!\u00bb, recuerdo que grit\u00e9 cuando pude articular palabra. T\u00fa lo sab\u00edas ya, t\u00fa lo sab\u00edas.<\/p>\n<p>Serv\u00ed en silencio los platos de lentejas que ninguno prob\u00f3. No me acuerdo del ni\u00f1o. No s\u00e9 si habr\u00e1 comido, no s\u00e9 qu\u00e9 habr\u00e1 sentido vi\u00e9ndonos consternados, vi\u00e9ndonos invadidos por la pena y la rabia. No. No s\u00e9 si fuese rabia, m\u00e1s bien era impotencia, una amargura enorme, una desolaci\u00f3n desesperante. Nuestro peque\u00f1o hijo ten\u00eda poco m\u00e1s de un a\u00f1o en ese tiempo.<\/p>\n<p>No recuerdo si aquel d\u00eda llor\u00e9. S\u00f3lo s\u00e9 que quer\u00eda huir lejos. Las paredes de nuestro departamento me asfixiaban. Quer\u00eda ir no s\u00e9 a d\u00f3nde, estar libre, al abierto, a todo campo. Quer\u00eda estar fuera de m\u00ed y no sentir ese dolor terrible que me apretaba el pecho y la garganta.<\/p>\n<p>Salimos a caminar, rumiando nuestra incredulidad y nuestra pena en t\u00e1cito silencio. Compramos un helado para el ni\u00f1o y nos sentamos sobre un grueso tronco, bajo el sol de la tarde. El verano llegaba nuevamente, todo resplandec\u00eda, aun en esas casas malandadas de nuestro humilde barrio en los alrededores de Santiago.<\/p>\n<p>Yo pensaba en la Chica, y estrechando a\u00fan m\u00e1s fuerte la manito de mi hijo, yo pensaba en sus hijos. Recordaba a Rodrigo, compa\u00f1ero de la Chica, con aquella mirada de ni\u00f1o pobre que ha crecido de prisa y a\u00fan no se ha dado cuenta. Su sonrisa, sus bromas, su manera imprevista de llegar, y ese buscar pretextos para seguir hablando y comentando cosas sin importancia y retardar la hora de marcharse. Y Rogelio, callado y taciturno, pero abierto, amigable, cari\u00f1oso, al jugar con nuestro hijo. Los tres muertos. Los cuatro muertos. Porque la Chica estaba embarazada. Ten\u00eda siete meses de embarazo.<\/p>\n<p>Cuando el ni\u00f1o termin\u00f3 su helado, volvimos a la casa. S\u00f3lo Rogelio la hab\u00eda conocido, s\u00f3lo \u00e9l se hab\u00eda sentado a nuestra mesa. Siempre que aparec\u00eda, a la hora que fuera, yo hac\u00eda esta pregunta: \u00ab\u00bfHas comido? \u00bfQuieres que te sirva algo?\u00bb Y \u00e9l, sonriendo un poco avergonzado, aceptaba. Y un d\u00eda de diciembre acab\u00f3 todo.<\/p>\n<p>El 31, en la tradicional fiesta de A\u00f1o Nuevo, intercambiando abrazos desolados y fingidas sonrisas con nuestros familiares, pens\u00e1bamos en ellos: en los tres \u201cextremistas\u201d, en nuestros tres amigos, nuestros tres compa\u00f1eros. En tanto, los padres de Rogelio, que a\u00fan desconoc\u00edan la noticia, brindaban a su salud un poco tristes por la ins\u00f3lita ausencia. Mientras el otro hijo, conocedor de la horrible verdad de aquel \u201curgente viaje\u201d, se tragaba las l\u00e1grimas para no anticipar el dolor a los padres, y para no amargarles la cena de fin de a\u00f1o.<\/p>\n<p>Mucho tiempo sufr\u00ed por causa de esto. M\u00e1s tarde otros dolores lo relegaron a segundo plano: t\u00fa fuiste detenido y moriste en tortura, dejando a nuestro hijo sin un padre. Un dolor se sobrepone a otro y as\u00ed sigue la vida.<\/p>\n<p>Ahora que estoy sola, me quedan los recuerdos. Son sue\u00f1os inconclusos, fragmentos de historias incre\u00edbles que se cruzan y mezclan, escenas repetidas, siluetas esfumadas, miradas y destellos de sonrisas antiguas. Anoche, por ejemplo, en sue\u00f1os vi a Rodrigo. Lograba verlo bien, n\u00edtidamente. Con pantal\u00f3n oscuro y camiseta blanca. Delgado, como era, con m\u00fasculos en\u00e9rgicos. Sonre\u00eda al hablarme, con esa simpat\u00eda y ese aire incorregible de gran complicidad en \u00e9l caracter\u00edsticos. Entonces despert\u00e9 y trat\u00e9 de olvidarlo. No quer\u00eda volver a recordar esos hechos tan tristes. Mas su imagen sigui\u00f3 todo el d\u00eda en mi mente. Volv\u00ed a vivirlo todo, todas aquellas cosas que para liberarme he debido escribirlas.<\/p>\n<p><em><strong>Germ\u00e1n Cuello, Mario Romero y Sonia Valencia,<\/strong><\/em> compa\u00f1era de Mario, se vieron envueltos en una encerrona de la CNI en los cerros de Coquimbo, donde se simul\u00f3 su asesinato diciendo que les habr\u00eda explotado una bomba que ellos mismos armaban. Sonia dej\u00f3 dos hijos hu\u00e9rfanos y, el que esperaba por ya siete meses, muri\u00f3 con ella. El asesinato de Sonia y su hijo, Mario y Germ\u00e1n, se suma a los muchos otros que el Informe Rettig no consider\u00f3 por \u00abno haber pruebas suficientes\u00bb.<\/p>\n<p>No muy lejos de donde los asesinos dinamitaron a Germ\u00e1n, Mario y a Sonia, est\u00e1 el lugar donde unos militares ejecutaron a los ni\u00f1os Rodrigo Palma Moraga y Jimmy Christie Bossy y ocultaron sus cad\u00e1veres que lo hemos narrado antes en \u201cGuayac\u00e1n, donde ejecutaron a ni\u00f1os\u201d. Los militares asesinos estaban bajo el mando de Ariosto Lapostol Orrego, comandante del Regimiento Arica y de Juan Emilio Cheyre Espinoza, que en el momento de ocurridos los hechos se desempe\u00f1aba como su ayudante, \u201csu delf\u00edn\u00bb, pero ninguno de los dos ha querido revelar la identidad de los uniformados asesinos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<hr style=\"height: 1px; border-width: 0; color: gray; background-color: #e0e0e0;\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En memoria de Mario Romero, Sonia Valencia y Germ\u00e1n Cuello. 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